Crisis provechosas en las familias con adolescentes

Los padres más «buenos» no son aquellos que logran en su casa un lugar tan cómodo que sus hijos no desean irse y desarrollar sus propias vidas, sino los que han preparado a sus hijos de tal modo que pueden ser adultos autónomos, con identidad definida como para saber actuar fuera de la familia.

Toda familia vive en proceso de transformación constante. Evoluciona gracias a su capacidad de desequilibrio temporario y posibilidad de reorganización sobre nuevas pautas de funcionamiento. Esta nueva característica posibilita los cambios necesarios para readaptarse a las necesidades que se van presentando a lo largo de la vida de la pareja y de la familia con hijos en crecimiento y desarrollo permanente. Como sistema activo y abierto, la familia recibe estímulos internos y externos que le obligan a atender esas demandas a través de nuevas funciones de interacción y renegociaciones entre padres e hijos tendientes a satisfacer dichas necesidades.

Desde dentro, son sus propios miembros —con las exigencias particulares debidas al crecimiento y cambio en la perspectiva de sus vidas— los que provocan readaptaciones. Desde el exterior, son los cambios sociales, nuevas costumbres y formas de vida los que presionan a la familia a una reconsideración de su estilo de vida.

Los factores que influyen en este proceso de cambio son diversos. Esta diversidad hace difícil comprender tantolas razones de algunos adolescentes de quererdesvincularse de sus familias, como de la confusión que produce en su vida interna esta crítica etapa.

En las familias, en las que los cambios se perciben como amenazas a su integridad y supervivencia, las relaciones se vuelven rígidas, y como reacción son inflexibles a los cambios en las normas ya establecidas. Se mantienen formas existentes que pudieron ser acertadas en un determinado momento, pero que no lo son ahora cuando los niños han dejado de serlo. A veces una familia que era flexible y armónica cuando sus hijos eran pequeños se torna rígida en la etapa siguiente porque no se tolera la desorganización provisoria que acarrea la presencia de adolescentes y no se posibilita una estabilidad nueva y creativa.

La tensión que producen los cambios en la vida familiar gravitará en su posibilidad de adaptación. Las transformaciones en las normas y reglas debido al crecimiento de los hijos o modificaciones por enfermedad o muerte de uno de los padres como asimismo por cambios, ya sea de trabajo, grupo social o mudanza, pueden promover desarrollo y madurez en la familia y en sus miembros. Pero también podría provocar una crisis paralizante y traumática que imposibilitaría la readaptación benéfica a dicha circunstancia.

Es imposible crecer y desarrollarse sin pasar por diferentes etapas de crisis. Toda crisis debiera ser vivida como posibilidad de reflexión, como proceso natural de resolución que requiere una confrontación abierta y sincera permitiendo así que sea revitalizadora y vital, a través del interjuego dinámico de toda la familia.

La libertad y el desarrollo de una persona están determinados en gran parte a través de la participación dentro de su familia. Podría pensarse que una persona aislada es más libre pero desconoceríamos las restricciones que esta sufre debido a su aislamiento.

Ciclo vital de la familia

Los hombres al igual que los animales comparten los procesos evolutivos de sus sistemas.

Sociales: Galanteo, apareamiento, construcción del nido, crianza de los hijos, y mudanza de la descendencia para iniciar una vida propia. Debido a que los seres humanos tienen una organización social más compleja los problemas que surgen durante su ciclo vital familiar son características solo en los humanos.

La gente joven puede evitar el matrimonio debido a experiencias infelices en sus propias vidas familiares o buscar prematuramente la formación de su pareja como intento de liberación de una convivencia familiar desdichada. Algunos matrimonios encuentran dificultades desde el primer momento justamente debido a la razón que los movió a casarse, escapar de sus familias y luego descubren que la ilusión que animó sus pasos está muy lejos de darles la felicidad que ambicionaban.

Cuando la pareja casada comienza su vida de relación tiene que elaborar una serie de acuerdos que le permitan su íntima convivencia. Al mismo tiempo tendrá que aprender y encontrar formas de encarar los desacuerdos, el uso del poder, las críticas y las distintas emociones que suscitan esta vida en común. Cada uno estará influido por las formas de vida familiar que aprendió en su respectiva familia.

Este es un tema crucial pues no resulta fácil a la pareja encontrar un límite equilibrado en las relaciones con ambas familias de origen. Puede caerse en uno de los dos polos, ya sea un corte total creyendo que así se tendrá absoluta independencia o exceso de influencia parental en la vida de la joven pareja. Ninguna de estas soluciones externas los beneficiará. El mejor camino incluirá la independencia del matrimonio mientras se conserva la continencia emocional de sus respectivas familias.

Cuando comienzan a resolverse los problemas propios de esta etapa, la siguiente acecha con nuevos desequilibrios planteando así la necesidad de cambios que permitan el ajuste a la nueva situación.

Con el nacimiento del primer hijo surge una forma de convivencia ante problemas nuevos que necesariamente modifica y enfrenta a la pareja a un nuevo período. Este puede ser hermoso, lleno de expectativas por la llegada del nuevo ser que llenará de alegría a la pareja aunque acarreará cambios en horarios, intensidad de tiempo para cada uno y para la pareja, mayores egresos financieros, etcétera. Otras parejas utilizan al hijo como chivo emisario y excusa para el tratamiento de sus viejos problemas aun no resueltos y que son desplazados hacia la nueva situación creada por la llegada del niño. A veces la pareja acuerda pactos poniendo al hijo como causa en lugar de enfrentar los problemas reales que son arrastrados con el tiempo. Se crea así una situación tranquila que persiste hasta la partida de los dos.

Este es un período común en crisis alrededor de las dificultades en la crianza, comienzo de la escolaridad y mal funcionamiento social del niño. Las pautas de comunicación en la familia se hacen habituales, repeticiones que muchas veces no permite al niño desarrollarse y madurar como debiera. Muchas veces es aquí donde uno de los padres se alía a su hijo sistemáticamente en contra del otro cónyuge generando un sistema de interacciones perjudicial para toda la familia y especialmente del chico que queda así atrapado en esta eterna disputa.

No todas las familias atraviesan esta crisis tan dificultosamente. Las crisis en sí mismas no son buenas ni malas, pueden generar una oportunidad de crecimiento y desarrollo para la familia como grupo humano y para cada uno de sus miembros. Cuando frente a las nuevas situaciones o requerimientos somos lo suficientemente flexibles como para buscar creativamente nuevas soluciones al problema. Todos se enriquecerán y desarrollarán sus capacidades. La pareja discutirá abiertamente el problema y encontrará una manera de resolverlo de acuerdo a sus necesidades. Los niños aprenderán a ubicarse dentro de los requerimientos familiares y esto los enseñará a manejar sus frustraciones, aprenderán a pedir y buscar soluciones entre todos.

«A medida que cambian las relaciones dentro de la familia, el vínculo matrimonial está sometido a una revisión constante. Es importante tener siempre presente que una familia es un grupo en marcha, sujeta a cambiantes influencias externas, con una historia y un futuro compartidos y con etapas de desarrollo tanto como con pautas habituales entre sus miembros» (Haley).

Cuando marido y mujer están alcanzando los años medios de sus ciclos vitales la relación matrimonial se profundiza y amplía, las relaciones con la familia extensa ha encontrado estabilización y lo mismo ocurre con el círculo de amigos. La difícil tarea de la crianza de los chicos quedó atrás y está el placer compartido de presenciar el crecimiento y desarrollo de los hijos.

Para otras familias es una época difícil. Muchas veces el marido, en otras la mujer, se han desarrollado y alcanzado un lugar que ni siquiera habían soñado. Si el otro cónyuge no puede acercarse a este desarrollo aparecen inevitables dilemas humanos. A veces la mujer queda estancada y es incapaz de producir cambios en su vida haciendo las distancias abismales. Otras, el esposo debe reconocer con desilusión que no ha podido siquiera acercarse a sus expectativas generando frustración que se contagia al grupo familiar.

Cuando llegan estos años medios, la pareja realmente ha elaborado modos rígidos de interacción y de ese modo le resulta sumamente difícil encontrar nuevas pautas para resolver los problemas. A medida que los niños crecen cambian las necesidades y lo que antes resultaba adecuado ahora produce crisis y desajuste. Pueden surgir graves tensiones. La turbulencia de los adolescentes con sus requerimientos y cambios en su forma de ver las cosas y las relaciones con la familia rompe el ordenamiento jerárquico previo.

Muchas veces el hijo es el único medio de unión de la pareja siendo de ese modo su fuente de preocupación y desacuerdo. Lamentablemente en casos extremos, ya sea que el hijo rompa su relación afectiva con los padres o que permanezca pasivamente bajo su tutela tiránica será siempre en perjuicio de su desarrollo y madurez.

El adolescente debería poder ir individualizándose en forma equilibrada. Conseguir poco a poco su independencia en las decisiones sin perder por este motivo su involucración afectiva con la familia. La mayoría de las familias, aun en medio de las crisis y luchas intergeneracionales lo consiguen, en un proceso natural por el cual las dificultades se van remediando a medida que surgen.

Pasada esta etapa media, la familia ingresará luego en un nuevo período crítico. El matrimonio entra en un período de nuevos acuerdos y ajustes cuando los hijos comienzan a irse para formar así sus nuevas familias. Los padres deben elaborar una nueva relación como pareja. Deben permitir el paso armónico de sus hijos apoyándolos, dando paso así a la nueva condición de abuelos. Depende de muchos factores personales y familiares que esto pueda ser llevado a feliz término como proceso natural de la vida. Muchas veces aquí surge una gran dificultad marital cuando ante la partida del o de los hijos, la pareja se queda vacía, sin nada que compartir y decirse. Esto ocurre cuando a través de la vida matrimonial el único motivo de unión fueron los hijos.

Autoridad. Organización jerárquica. La libertad y desarrollo de una persona están facilitadas en gran parte por la participación que haya tenido en su familia. No es el aislamiento y la soledad lo que favorece que un hombre sea más libre sino precisamente su posibilidad de aceptar límites y de contribuir con sus aportes y opiniones en el cotidiano intercambio relacional con sus semejantes lo que le permite tener conciencia de sí mismo y diferenciarse así de los demás.

La familia es una totalidad en donde las relaciones de los individuos que la componen no son lineales sino que las conductas de unos trae como respuesta la acción de los otros. Por eso podemos pensar que el acto de insurrección de un adolescente puede estar mostrando una incapacidad de los padres para hacerse obedecer.

La igualdad entre padres e hijos no resulta positiva, tampoco la encontramos como principio bíblico a seguir. Justamente la eficacia del funcionamiento familiar estriba en el reconocimiento de diferentes derechos y responsabilidades en sus miembros.

En la organización jerárquica de la familia, la autoridad y capacidad de los padres está dada por la experiencia en la vida y el aprendizaje que ellos han tenido. Los hijos deberán ser introducidos en este conocimiento a través de la formación y educación que los padres les brindan. Este es un precepto bíblico que nunca ha perdido vigencia.

La autoridad de los padres, que difiere mucho del autoritarismo, marca la frontera generacional que siempre debe ser respetada. Cuando sucede así, la familia se hace vulnerable y corre el riesgo de su disolución y fracaso en la socialización de los hijos. Este se hace más evidente cuando los niños llegan a la adolescencia y al carecer de parámetros para saber respetar la autoridad paterna tampoco aceptan normas y leyes del medio social al que pertenecen.

Funciones parentales

Los padres son los responsables de que este proceso se lleve adelante con amor y respeto hacia los hijos, pero con límites claros en cuanto a sus funciones parentales. Tomando la descripción y nominación que hace el Dr. Carlos Díaz Usandivaras, terapeuta familiar argentino, las agruparemos en dos tipos:

  • Llamaremos funciones nutritivas a aquellas que proporcionan amor, protección, alimento, etcétera, y que de esa manera cubren las necesidades básicas de los hijos. Son imprescindibles para la supervivencia y la integración del yo del niño. Son gratificantes para ambas partes, padres e hijos, suelen ser estables y son ejercidas en forma independiente por cada progenitor, son irreemplazables para que luego sobre la base del vínculo afectivo que producen puedan en el futuro introyectarse normas y reglas de aprendizaje.
  • Llamaremos funciones normativas a aquellas que introducen y enseñan normas que ayudarán a los hijos en su adaptación y convivencia con el mundo exterior. Ejercer estas funciones produce muchas veces frustración. Dependen de la autoridad y aceptación que los hijos tengan de sus padres. Requieren de una acción conjunta y un acuerdo básico entre la madre y el padre, si no, no llegarán a ser efectivas. Generalmente exige mayor amor parental, poner límites, que permitir con liviandad cualquier conducta impropia en el hijo.

Ambas funciones son necesarias para una formación adecuada de los hijos. Sin ellas crecerán carentes de la posibilidad de adaptación y desarrollo que aseguren una inserción apropiada en el mundo.

Es importante una relación equilibrada de ambas, el exceso o déficit de cualquiera de ellas producirá una disfunción en el hijo y la familia como tal. La desmedida en las funciones nutritivas forma un hijo sobreprotegido y generalmente caprichoso, y la carencia de ellas dan como resultado un niño falto de afecto y seguridad en sí mismo.

El fracaso que muchas veces se observa en la co-parentalidad, acuerdo entre ambos padres, al ejercer las funciones normativas produce inevitables alianzas de uno de los progenitores con sus hijos, saboteando y minando la autoridad del otro padre. Este hecho, muy común en algunas familias, desgasta la estructura jerárquica imposibilitando un buen ajuste de los hijos que se sienten atados a un conflicto de lealtad y quiebra el sentimiento de respeto a la autoridad de sus padres.

Hoy en día podemos observar en muchos casos el fracaso en la socialización de los adolescentes como consecuencia clara de esta renuncia parental a ejercer las funciones normativas. Fracaso que genera gran cantidad de conductas violentas en los jóvenes adolescentes, deserción escolar, fugas y búsqueda en la droga y el grupo de pares. La necesidad no cubierta de autoridad paterna que en última instancia es demostrativa de un amor mal entendido o ausente.

Las razones de esta abdicación por parte de los padres pueden ser muchas. En un trabajo sobre violencia familiar el Dr. C. Díaz Usandivaras enumera las siguientes:

  • Inseguridad paterna generada por una mala interpretación de conceptos psicológicos adquiridos a través de medios masivos de comunicación.
  • Confusión en la discriminación e identificación de dos términos que llevan a ese desajuste: autoridad y autoritarismo.
  • Excitación del estrés y tensión que provoca en los padres el ejercicio de estas funciones normativas. Por ello muchas veces se claudica y a veces se llega al encubrimiento del problema del hijo. Por ejemplo, una madre que no le dice al esposo que su hijo ha sido expulsado del colegio tratando así de «cuidarle sus coronarias».
  • Conflictos en la pareja que producen complicidad de un progenitor, generalmente la madre, con sus hijos. El ejercicio de las funciones normativas solo puede ser bien ejercido por la acción compartida de ambos padres.
  • Privilegios otorgados a un solo hijo por considerarlo más débil, enfermo, diferente. Esto da como resultado un hijo tirano, carente de límites. En definitiva esto lo daña más que el amor bien ejercido a través de normas apropiadas.

Conclusión

La familia es el lugar adecuado para la formación del hijo. Es en ella donde internalizará normas en forma progresiva. Estas reglas enseñadas e impuestas desde afuera por los padres irán construyendo en el niño el ejercicio de su autocontrol tan necesario para vivir en sociedad. De otro modo sólo estará acostumbrado a exigir y no dar, con la diferencia de que sólo los padres estaban dispuestos al equivocado «sacrificio» de «ofrecerse» en lugar de ejercer su autoridad.

Los padres más «buenos» no son aquellos que logran en su casa un lugar tan cómodo que sus hijos no desean irse y desarrollar sus propias vidas, sino los que han preparado a sus hijos de tal modo que pueden ser adultos autónomos, con identidad definida como para saber actuar fuera de la familia.

No tenemos que olvidar que la responsabilidad y función parental no es permanente sino que tiene la transitoriedad del tiempo que necesitan los hijos para aprender a vivir fuera de su hogar, ser capaces de formar sus propias familias y ser un aporte positivo a toda la sociedad.

La Biblia nos dice en el Salmo 127.3: «Herencia de Jehová son los hijos». No son posesión nuestra, sino un préstamo precioso que Dios nos ha confiado para una firme misión: formarlos, educarlos y amarlos de tal manera que podamos ayudarlos a ser personas de bien, dispuestas a contribuir con toda su valía personal dentro de una sociedad más sana, más feliz. Al mismo tiempo se sentirán plenos, seguros, contentos de sí mismos.